El destino no se forma con certezas,
sino con las preguntas que elegimos seguir. Grok, de mi novela Andra
Casi licenciada en Física y productora musical de a ratos.
A los 8 años mis padres me compraron mi primera computadora.
Me dijeron que aprender computación era «una llave para abrir puertas».
Ese mismo año tomé clases de piano, pero por poco tiempo.
Entre juegos y la enciclopedia Encarta descubrí que podía crear cosas. Mis primeras creaciones fueron juegos y animaciones en PowerPoint; después vinieron las aventuras de texto y mis primeros prototipos en RPG Maker y Game Maker.
Un poco después, gracias a un ex-monje ucraniano, aprendí que podía hacer páginas web en FrontPage y ejecutar comandos básicos en la terminal.
A los 13 un tío me regaló un telescopio. Vi por primera vez los cráteres de la Luna, los anillos de Saturno y las lunas de Júpiter.
Por esa época me la pasaba leyendo sobre el espacio en la Encarta, y por ahí cayó en mis manos un CD de El mundo de Sofía. En ese momento no lo pensaba como ciencia: era curiosidad, nada más.
A los 15 o 16 años me interesé por la música. Con la guitarra de mi papá en casa, comencé a aprender por mi cuenta, con un libro, con internet, y luego de un relojero que sabía tocar guitarra clásica. Las clases eran en su relojería, aprendiendo piezas como la Czardas de Monti.
Por esos años toqué también en una banda de rock de adolescentes que armó el baterista Black Amaya. Nuestro primer recital no fue en el Luna Park: fue en una residencia para adultos mayores.
En 2012 me fui de casa a estudiar Ingeniería en Informática. Era la primera vez que vivía sola, en un lugar donde no conocía a nadie, y nunca terminé de armarme una rutina. Ese primer año me fue mal, y salí convencida de que lo mío no eran las matemáticas.
Al año siguiente me anoté en Producción Musical, en la Universidad Nacional de San Luis. Esa sí la terminé: me recibí de Productora Musical.
Por aquellos años empecé a escribir un pequeño relato de viajes en el tiempo, que no vería la luz hasta mucho después.
2017 fue un año difícil. Había terminado la carrera y no encontraba cómo encajar en el mundo laboral. Me puse a estudiar programación en serio, más por no quedarme quieta que por un plan.
Ese mismo año me tocó ayudar a alguien con un práctico de astronomía y me encontré explicando cosas que no tocaba desde hacía años. Esa semana empecé a ver videos de física, y seguí bastante más de lo que había planeado.
Estuve un tiempo dudando entre tres carreras: Antropología en la UNC, Ciencias de la Computación y Física. Hablé con varios profesores de la UNSL —Diego Valladares, Moira Dolz y otros— y entre todos me terminaron de convencer. En 2018 empecé Física, también en la UNSL.
El bichito del interés por la ciencia nunca se había ido.
Los años de pandemia me pegaron duro. Recursé una materia por primera vez en la vida y estuve bastante tiempo dudando de si podía con la carrera. Probablemente fueron los años más difíciles.
Apenas pasó todo eso, en marzo de 2023, publiqué mi primera novela: Dentro del origen.
Meses después obtuve mi título de Auxiliar Universitaria en Física Aplicada.
En 2025, Juan Pablo de Rosas —un profe con el que cursé física experimental y encaré un par de proyectos— me comentó que el Dr. Leonardo Makinistián estaba buscando a alguien para un tema de magnetobiología. No esperé mucho y le escribí yo.
Ese mismo año cursé su materia, y en marzo de 2026 empecé formalmente la tesis. Nos entendimos rápido y trabajar con él es muy ameno.
Trabajo en el laboratorio y ahí mismo estudio para los finales. De noche escribo la novela o hago música.
Y algunas tardes me las guardo para los amigos, entre mates o café.
El telescopio sigue en Villa Larca.
— Kier